Elginismo y la maldición de los Bruce


Como sabemos la cultura del mundo occidental ha tratado siempre de presentarse como la única forma relevante de cultura. Esa forma de percibirse y que hemos naturalizado de manera hegemónica en casi todo el planeta, se construyó a partir de la expansión de los grandes imperios, y marcó muchas veces el desprecio hacia otras culturas, cosmovisiones y costumbres. Una de las consecuencias de esa forma de entender el mundo es una sensación de superioridad que alentó depredaciones desprovistas de culpas.

Así, durante milenios los conquistadores llenaron sus arcas con el botín sustraido a los pueblos vencidos y vistieron sus capitales con los tesoros robados en sus invasiones. 

La Roma actual y centro de uno de los principales imperios antiguos, al día de hoy sigue adornándose con trece obeliscos, de los cuales ocho son de origen egipcio. Y seguramente podrían haber sido más si la fragilidad de los barcos romanos, el enorme peso de los obeliscos y las tormentas, no se hubieran conjugado para lanzar esos tesoros hacia el fondo del Mediteraneo y el Egeo.

En los tiempos modernos España, Portugal, Holanda, Fracia o Inglaterra se turnaron para imponer su cultura a otros pueblos, y aprovechar las riquezas ajenas, pero también para hacer honor a esa costumbre del robo y el traslado de elementos valiosos a sus centros de poder. 

El caso inglés es sin dudas el más conocido porque casi no existe región del planeta que no haya sido alcanzada alguna vez con el desembarco de sus comerciantes y ejércitos (muchas veces en tandem).

Reflejo de esa tarea colonial lo encontramos en los museos de las "metrópolis" europeas. Londres y Paris, solo para nombrar a las principales capitales imperiales de la era industrial, albergan colecciones de piezas históricas sustraidas a otros pueblos.

Esta tarea de expoliación no solo consistía en el traslado de trozos de monumentos sino que invariablemente implicó la destrucción de edificios de inigualable valor para el conjunto de la humanidad. Sin dudas mucha gente a través de los siglos participó de esta modalidad, pero hay uno al que la historia, a través de la literatura, supo destacar: Sir Thomas Bruce, VII conde de ELGIN y undécimo conde de Kincardine.

Sir Thomas, quien en 1800 se desempeñaba como embajador británico ante el imperio Turco, se volvió sumamente popular por haber desvalijado, a fuerza de mazazos y palancas de hierro, la acrópolis griega durante una "misión cultural" a Atenas (por aquellos años bajo el dominio del imperio otomano, aliado de los británicos). La colección resultante se exhibe como los "marmoles de Elgin" en el Museo Británico y actualmente se discute su devolución a Grecia. Pero lo relevante para este texto, es que la operación de Lord Elgin fue tan alevosa y salvaje que un compatriota suyo, Lord Byron, la bautizó con un nombre que aún perdura: Elginismo.

De esta forma el elginismo es el término que se usa actualmente para "las operaciones, generalmente clandestinas y con fuertes intereses económicos de por medio, de desmembrado o destrucción de edificios históricos, con traslado de sus piezas a distinto lugar (generalmente a otros países), a fin de saciar las ambiciones artísticas de personajes acaudalados, coleccionistas o museos" (Merino, 2009).

Pero la historia destructiva de la familia Bruce no termina allí. Como una maldición genética, otro Lord Elgin, esta vez el hijo de Sir Thomas, embarcado en la campaña contra China que llevaban adelante su país y Francia, fue el responsable de otro acto de lesa cultura. 

Las tropas francesas que habían irrumpido los primeros días de octubre de 1860 en el Palacio de Verano, llevaron adelante un saqueo monumental en los 200 edificios que componían ese complejo real chino. La turba de soldados, por descuido o a propósito le prendieron fuego a varias edificaciones pero en la orgía de fuego y robos olvidaron una muy especial, que se había levantado para albergar a uno de los mayores tesoros bibliográficos de Asia, el Quianshu.

Pero la suerte estaba echada, días más tarde, cuando la noticia de que las autoridades chinas habían asesinado al corresponsal del Times, se desató la represalia inglesa a cargo de Lord Elgin, y con ella la destrucción final del Quianshu (La Totalidad de los Libros), un gigantesco corpus documental, reunido por órdenes del emperador Quianlong (1711-1799) y que pretendía incluir todos los libros raros y antiguos de China (salvo los realizados durante la dinastía Ming, enemigos de la familia reinante).

Bibliografía
Merino de Cáceres, José Miguel. «Un singular aspecto del Elginismo. El caso de patios y claustros». E-artDocuments, [en línea], 2009, Núm. 1, https://raco.cat/index.php/e-art/article/view/147802 [Consulta: 29-09-2021].


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