Descifrando las estelas mayas, gracias a un lingüista sovietico con un gato siamés
En 1945, mientras las tropas del Ejército Rojo entraban a Berlín para ponerle fin a la pesadilla nazi, el personal de la biblioteca nacional fue sorprendido por la ofensiva soviética mientras trataba de llevar adelante una mudanza apresurada, con el objetivo de poner a salvo sus libros. La cercanía de los disparos y el lógico temor de perder la vida, hizo que todos huyeran dejando miles de libros abandonados al aire libre, esperando un transporte que jamás llegaría.
Semanas mas tarde, frente a esa biblioteca incendiada, entre cajas tiradas en la calle de una capital en ruinas, un soldado ucraniano se inclinó y eligió dos libros que le llamaron la atención. Ese militar raso del arma de artilería se llamaba Yuri Knorozov, y los textos que tomó entre sus manos eran una edición en francés de "La relación de las cosas de Yucatán" escrito por el sacerdote e inquisidor español, Diego de Landa, y una muy rara edición guatemalteca de "Los códices mayas", de J.A. Villacorta y Calderón, y Carlos Villacorta.
Berlín 1945
Sin saberlo, y con en ese hallazgo fortuito, la vida de Knorozov tomaría un rumbo que lo uniría de forma permanente con México y las culturas mesoamericanas.
Terminada la guerra, el exsoldado volvió a la universidad para estudiar historia, profundizar su aprendizaje de egiptología y practicar Griego antiguo, chino y árabe. En 1946 ya estaba metido de lleno en el mundo académico y participando de expediciones a Asia Central, con su interés centrado en las prácticas chamánicas y los ritos de la sociedad sufita.
En ese punto de su vida y buscando un tema para su tesis de doctorado, Yuri se cruzó con un artículo del alemán Paul Schellhas llamado "El desciframiento de las escrituras mayas, ¿un problema insoluble?" que lo impulsó a dedicarse de lleno a ese tema.
Esta decisión no debe haber sido fácil porque para llevarla adelante debió aprender un nuevo idioma, el español, y además, ante la imposibilidad de viajar a México por las restricciones imperantes en ese momento en la ahora desaparecida URSS, su trabajo de campo se orientó exclusivamente a recabar todo lo escrito sobre los códices mayas, y que estuviera disponible en el bloque oriental.
A pesar de eso Yuri Knorozov, en 1952 había logrado lo que muchos otros no habían podido: descifrar los escritos mayas con un enfoque que iba en contra de las principales teorías de la época, ya que para él los jeroglíficos no representan fonemas alfabéticos (como en la escritura occidental o de Medio Oriente), ni tampoco eran ideogramas (como la esctritura china o japonesa), sino que se trataba de un sistema fonético, morfémico-silábico, es decir, que cada signo maya se leía como una sílaba. Para llegar a esa conclusión Knorozov sostuvo una y otra vez que las pistas siempre estuvieron en aquellos libros que encontró en una caja perdida en las calles de Berlín.
El tiempo demostró que la perspectiva del académico asentado en Leningrado era la correcta, pero antes debió enfrentar algunos problemas de validación y aceptación en occidente. Y es que el enfoque del ucraniano no solo iba en contra de las opiniones dominantes en las universidades de los EE.UU., donde estaban asentados los principales referentes académicos de la especialidad, sino que además, en plena Guerra Fría, su trabajo era descalificado ad-hominem, ya que se trataba de un personaje desconocido, del "bloque comunista", y que encima jamás había visitado Yucatán o pisado siquiera el continente americano.
A lo anterior se sumaba otro elemento no menor, Knorozov era considerado un excéntrico ya que firmaba sus trabajos consignando como coautora a su gata siamesa Asya. Por ese motivo, más de una vez chocó con sus editores que retiraban el nombre de Asya de las menciones de autoría, y hasta recortaban sus fotos personales, dejando afuera del encuadre a su mascota.
Yuri y Asya
Por todos estos motivos, recién a mediados de los años '70 la interpretación de este ucraniano extraño comenzó a ser tenida en cuenta más allá del bloque socialista -donde ya era considerado un genio-, y en las décadas siguientes se transformó en la herramienta elegida para avanzar en un proceso de desciframiento que aún hoy continúa siendo muy complejo.
La aceptación de su descubrimiento y el derrumbe de la Unión Soviética, permitió que Knorozov pudiera viajar en 1991 desde Rusia hasta Tikal, y allí tomar finalmente contacto de manera personal con aquellas inscripciones que solo había analizado por fotos y dibujos.
El reconocimiento al académico llegaría con condecoraciones por parte de los gobiernos de Guatemala y de México, pero también con monumentos para él y su mascota en Yucatán y en las ciudades de Mérida y Cancún.
Knorozov falleció en 1991, en la lejana Rusia, pero sintiéndose -según sus propias palabras- mexicano de corazón.




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