Desarrollar la colección también es expurgar y saber decir que no

Foto: Coffee Channel, CC BY 2.0 DEED.

Como bibliotecario he tenido que leer y estudiar numerosos textos que hablan del proceso de expurgo. Generalmente son textos técnicos donde se explica en detalle en qué consiste la tarea, cómo se eligen los libros y documentos a retirar de las estanterías, que recomiendan analizar las estadísticas de uso, el estado del material y la actualización o no de los textos cuando se trata de material de orden técnico o científico.

Hasta ahí "todo bien" con la teoría. Pero lo que no te dice la teoría es que normalmente se trata de una labor que no es nada sencilla desde lo personal porque -como buen bibliotecario- tenés lazos afectivos y culturales con los libros que van más allá de considerarlos artefactos desechables. 

Es por eso que a veces me pregunto por qué no hay teóricos del expurgo que hablen de la carga emocional que a veces implica poner en cajas pilas de libros que han cumplido su ciclo y que, o se marchan a un depósito (en el mejor de los casos), o terminan en la mesa de obsequio de la biblioteca, o directamente van a transformarse en pulpa nuevamente. 

A veces me río por dentro y me digo que tendría que haber un texto sobre este tema que se llame "Soltá eso hermano/a, dejalo ir".

Pero lo peor no es lo molesta que puede ser la tarea, sino es que hay mucha gente, ajena a la vida diaria de las bibliotecas piensa que cuando se retira material en deshuso, los bibliotecarios y bibliotecarias somos lo más parecido a dictadores quemando pilas de libros. Y ni hablar cuando algunas personas llegan hasta la biblioteca para donar cajas llenas de los libros de un pariente fallecido y tenemos que decirles que no le podemos recibir su "regalo". 

A veces los donantes lo hacen de buena fe, trayendo material util y valioso, pero en otras ocasiones creen que todo lo que coleccionó la abuela en sus 50 años de lecturas es utilizable y hermoso cuando realmente no lo es. También sucede que se acerca gente a la biblioteca con la idea de que la institución es un orfanato librario o peor, un depósito de textos viejos y a punto de desarmarse.

En ese último caso cabe hacer la pregunta que una vez le escuché a un bibliotecario frente a un donante que exigía que le recibieran una montaña de textos semidestruidos e infestados de plagas variadas: "Por qué piensa usted que yo estoy obligado a recibir estos libros que ni usted mismo quiere tener en su casa".

En lo personal valoro muchísimo las donaciones, pero teniendo siempre presente que ni se juntan libros por el afán de amontonar, ni la biblioteca es una sociedad protectora de papel impreso; por el contrario su fin institucional es brindar a sus comunidades acceso a la cultura y a la información de calidad. Adicionalmente las bibliotecas son espacios de encuentro y de promoción social. Y todo esto con presupuestos que generalmente son bajísimos.

Es por eso que existen las políticas de desarrollo de colección, donde la clave del concepto es la palabra DESARROLLO, porque a ningún profesional le gusta una colección estacanda, aburrida, desactualizada, y que nadie visita. Para que eso no suceda, hay que ser concientes de que no se puede recibir todo lo que se dona ni podemos acumular libros ad-infinitum en espacios siempre acotados.

Por eso, aunque duela hay que eliminar libros de la colección.
Por eso, aunque a veces haya tensiones, hay que saber decir que no a las donaciones que no le aportan nada a la colección.

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