A García Lorca no lo callaron
A Federico lo mataron un camino de Víznar a Alfacar, Granada, un 18 de agosto de 1936. Sus fusiladores estaban borrachos, porque había que tomar mucho para salir a fusilar.El cuerpo de Federico yace en una cuneta, sin lápida, sin flores, sin placas de bronce que digan que algún ilustre pasó por allí a recitar sus versos o pronunciar su nombre en un discurso de ocasión.
Escrito está en la historia que sus asesinos eran franquistas, fascistas, y también consta que nunca fueron juzgados. La impunidad sigue viva, esa si que no tiene tumba.
Dicen que cuando el pelotón volvió a los carteles hacía alarde de haber matado a García Lorca por "rojo y por maricón", y mientras limpiaban sus armas pensaban que nadie oiría nunca más hablar de ese poeta al que habían acallado con sus plomos. Pero no fue así, porque sus obras siguen hablando por él desde aquella madrugada fatídica hasta hoy.
Quemar libros, asesinar escritores, silenciar voces, amedrentar al que piensa diferente, parece que son cuestiones que nos quedan muy lejanas pero sabemos que en estos tiempos de intolerancia hay fantasmas de violencia larvada (y a veces no tan larvada) recorriendo la sociedad.
Frente a esa violencia las bibliotecas disponen su muralla de libros, sus espacios de encuentro, su bullicio de ideas para que el silencio sea solo una excusa para seguir leyendo y creciendo.
Allí en las estanterías están Federico y tantos otros escritores y pensadores a los cuales quizás algún iluminado que nunca los leyó, les diga woke, comunistas, degenerados o progres.
Y aquí estamos nosotros, humildes bibliotecarios y bibliotecarias, manteniendo con vida la memoria lo que algunos intentan borrar.

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